Pequeña Max de Arena en los bolsillos

Por Eva Llergo

La compañía granadina Arena en los bolsillos volvió a deslumbrarnos con su Pequeña Max dentro del ciclo para bebés Rompiendo el cascarón. Una obra delicada, sutil, poética, mágica, llena de sensorialidad. Perfecta para bebés pero, al mismo tiempo, de una profundidad simbólica que impacta profundamente en los espectadores adultos y es captada perfectamente por los pequeños espectadores de la infancia.

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Max vive sola en su bosque en armonía; se siente segura con sus rutinas, con el paso regular del tiempo. Parece completamente feliz. Aunque, de vez en cuando, eso sí, se plantea algunas preguntas incómodas. Sobre todo por qué tiene que ser distinta, por qué uno de sus pies no es “normal” (es una gran aleta; a menudo incómoda, a menudo incontrolable). Max nunca se aburre: inventa y de reinventa la realidad de su entorno, vislumbra las mil posibilidades de los objetos que tiene alrededor. Así es también cuando hace un hallazgo mágico: inventa a un amigo (¿real? ¿imaginario?), un pequeño pájaro de hojalata que, como ella, también es imperfecto: solo tiene un ala y, por lo tanto, no puede volar. En esta perfecta armonía irrumpe “el otro”, un extraño. No es más que un árbol que se transforma por obra y gracia de una gabardina y una cacerola. Pero, cosas del teatro y de la vida, sirve para materializar el alter ego de Max y nos enseña todas sus luces, pero también alguna sombra. En este autodescubrimiento, Max descubre un camino de realización que la lleva, incluso, por terrenos dolorosos: ofrecerle a amigo pájaro algo que ella no puede tener, el ala que le falta para poder volar y ser libre. Aunque eso implique no poder estar al lado de Max.

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Es sencillo sentir las analogías del argumento con el descubrimiento de la vida, del entorno y de la realidad agridulce que circunda a los niños en sus primeros años de vida. Su maravillosa capacidad para interpretar y comprender los aspectos más complejos que le rodean y enfrentarse a ellos para salir siempre enriquecidos. Sin embargo, el gran potencial de este mensaje es su fácil transposición al mundo adulto. El espectador grande también se siente conmocionado por qué el descubrimiento del otro, la comprensión de nuestra propia capacidad de bondad y maldad y el doloroso acto de generosidad de dejar marchar aquellos que más amamos, tampoco nos es ajeno.

No obstante, como decíamos, toda estas carga simbólica y filosófica, aplicable a cualquier estadio de la vida, no va en detrimento de que la obra sea perfectamente dirigida a la primerísima infancia. Ellos reconocerán las dinámicas de juego y de descubrimiento en la que se ven inmersos a cada instante, el maravilloso descubrimiento de la vida, la polivalencia de los objetos que tienen alrededor llenos de posibilidades mágicas; se reconocerán en Max con sus virtudes y sus defectos. Y para muestra de la mágica conexión que la obra produce en los bebés, las reacciones del pequeño espectador que a cada logro de la pequeña Max gritaba y aplaudía diciendo “Bravo”.

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Mis pequeños espectadores también disfrutaron de la obra. La espectadora de 5 años participando de la experiencia estética, de la belleza y la poesía que impregnan todo el montaje; disfrutando del placer de decodificar los símbolos y seguir el rumbo de Max por la historia. Y los espectadores de 8 y 11 años, primero reacios a aceptar que una obra “de bebés” pudiera hablarles también a ellos, fueron cautivados a los pocos minutos por el espíritu de Max. No me hizo falta girarme para comprobarlo. Me lo dijo a gritos su absoluto silencio durante toda la obra.

Posibilita este milagro escénico el magnífico trabajo de la actriz que encarna Max, Ángela Cáceres, llena de fragilidad y fuerza, delicadeza y respeto por los bebés, llena de disfrute y pasión por su trabajo. Asimismo el espacio escénico de Iker Pérez y Carlos Monzón, es maravilloso: cuajado de plurisignificados y polivalencias, repleto de posibilidades sensoriales. Y, por supuesto, la dramaturgia  de Elisa Vargas y Jokin Oregi, por detrás como el primer eslabón de esta cadena de maravillas, qué hace que todos pequeños y mayores nos reconozcamos en esa entrañable Pequeña Max.

Por Eva Llergo

DATOS TÉCNICOS

Vista el 8 de junio en el Teatro Valle Inclán (Madrid), dentro del ciclo Titerescena

 

Autores: Elisa Vargas y Jokin Oregi
Dirección: Jokin Oregi

Actriz: Ángela Cáceres
Diseño de espacio escénico y escenografía: Iker Pérez
Diseño y construcción de títeres y atrezzo: Iker Pérez
Construcción de escenografía: Iker Pérez, Antonio Cantos y Carlos Monzón
Composición musical original: Mariano L- Platas
Dirección técnica y diseño de iluminación: Juan Felipe Tomatierra
Diseño de vestuario y trabajo estético: Ariel García
Realización de vestuario y textil: Araceli Morales
Ilustraciones: Ariel García
Animación gráfica: Francis López – Estación Diseño
Coreografía danza: Omar Meza
Fotografía: Juan Manuel Jiménez
Vídeo: Pablo Martínez
Producción: Elisa Vargas
Distribución: Elisa Vargas

Duración: 30 minutos

De 1 a 4 años

 

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